sábado, 11 de abril de 2020

Un relato acerca de mi autobiografía.


Cuando tengo que relatar una experiencia del profesorado que me haya marcado me resulta inevitable pensar en los profesores y profesoras que dejaron huellas en mí, que me motivaron a seguir aprendiendo y que me acompañaron en este camino de aprendizaje y conocimiento.
Recuerdo uno de mis primeros cuatrimestres, cursando Prácticas del Lenguaje 1 con la profesora Gandolfi y acompañada por una amiga que conocí en aquel entonces y hoy en día es muy importante en mi vida, Lien.
La profesora nos dio una consiga “pequeña”, debíamos preparar una clase abierta sobre un tema en particular, nosotras elegimos “Nanas y narraciones”. Podíamos hacer lo mismo de siempre, preparar un PowerPoint, hablar frente al grupo de compañeras y hacer lo políticamente correcto, pero decidimos hacer algo diferente.
Gandolfi nos dio mucha libertad a la hora de planificar y decidimos generar un encuentro distinto. Invitamos a nuestras compañeras a sentarse sobre telas en el suelo, en ronda. Nostras nos sentamos con ellas, yo con mi guitarra encima. Les brindamos la posibilidad de tener en brazos un muñeco a cada una, se los dimos en la mano con mucho cariño y dejamos que todo fluyera. Comencé a tocar los acordes y a cantar. De un momento a otro el clima cambió, se generó un silencio cálido, una escucha atenta y suavemente esos brazos que recibieron a los muñecos comenzaron a mecerse, los bebés empezaron a ocupar un rol activo en la propuesta y paulatinamente, mis compañeras empezaron a cantar o tararear conmigo. Las nanas salieron de nuestras entrañas y se entonaron casi sin permiso. Al terminar de cantar sentí cómo las emociones afloraban. Hubo silencio.
Después de algunos minutos, mi amiga Lien comenzó a narrar “Monigote en la arena” de Laura Devetach. Nos sumergimos en la literatura, en su voz expresiva y simplemente la escuchamos narrar. Nos invitó a formar parte de la historia de forma implícita. Luego de un momento de mucho disfrute, Lien terminó de narrar y, de repente, el silencio estuvo acompañado por miradas brillantes, la emoción desbordaba nuestros ojos. Con Lien nos miramos y ambas nos encontramos sonrisas en el rostro. Buscamos la mirada cómplice de nuestra profesora y al observarla nos dimos cuenta de que ella también estaba emocionada.
Esta experiencia fue muy significativa para ambas. La habíamos planificado juntas, le destinamos tiempo, la probamos en nuestras casas y pensamos cómo podíamos enriquecerla para que fuera única. No sólo cumplió nuestras expectativas, sino que las superó. Lo que iba a ser una clase expositiva, fue un encuentro sumamente satisfactorio. Esa clase fue un antes y un después. El contexto se prestó para que todo fluyera, nuestra profesora nos dio el lugar para desplegar nuestras alas y nos brindó la posibilidad de volar. Nos sentimos sumamente cómodas con nuestras compañeras, quienes se mostraron predispuestas a participar y a poner el cuerpo en acción; y nosotras nos brindamos por completo, nos mostramos vulnerables, estábamos nerviosas, con miedos, pero todas esas emociones pasaron a segundo plano al empezar la actividad.
A partir de ese entonces comprendí la importancia de planificar, de poner el cuerpo, de brindarse y de invitar a las personas que formen parte del encuentro a participar. Que uno puede ser protagonista desde la escucha, a veces se puede tener participaciones activas sin necesidad que tomar la palabra, y cuando una disfruta de la experiencia, esa emoción se transmite.

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