Cuando tengo que relatar una experiencia del
profesorado que me haya marcado me resulta inevitable pensar en los profesores
y profesoras que dejaron huellas en mí, que me motivaron a seguir aprendiendo y
que me acompañaron en este camino de aprendizaje y conocimiento.
Recuerdo uno de mis primeros cuatrimestres, cursando
Prácticas del Lenguaje 1 con la profesora Gandolfi y acompañada por una amiga
que conocí en aquel entonces y hoy en día es muy importante en mi vida, Lien.
La profesora nos dio una consiga “pequeña”, debíamos
preparar una clase abierta sobre un tema en particular, nosotras elegimos “Nanas
y narraciones”. Podíamos hacer lo mismo de siempre, preparar un PowerPoint,
hablar frente al grupo de compañeras y hacer lo políticamente correcto, pero
decidimos hacer algo diferente.
Gandolfi nos dio mucha libertad a la hora de
planificar y decidimos generar un encuentro distinto. Invitamos a nuestras
compañeras a sentarse sobre telas en el suelo, en ronda. Nostras nos sentamos
con ellas, yo con mi guitarra encima. Les brindamos la posibilidad de tener en
brazos un muñeco a cada una, se los dimos en la mano con mucho cariño y dejamos
que todo fluyera. Comencé a tocar los acordes y a cantar. De un momento a otro
el clima cambió, se generó un silencio cálido, una escucha atenta y suavemente
esos brazos que recibieron a los muñecos comenzaron a mecerse, los bebés
empezaron a ocupar un rol activo en la propuesta y paulatinamente, mis
compañeras empezaron a cantar o tararear conmigo. Las nanas salieron de
nuestras entrañas y se entonaron casi sin permiso. Al terminar de cantar sentí
cómo las emociones afloraban. Hubo silencio.
Después de algunos minutos, mi amiga Lien comenzó a
narrar “Monigote en la arena” de Laura Devetach. Nos sumergimos en la literatura,
en su voz expresiva y simplemente la escuchamos narrar. Nos invitó a formar
parte de la historia de forma implícita. Luego de un momento de mucho disfrute,
Lien terminó de narrar y, de repente, el silencio estuvo acompañado por miradas
brillantes, la emoción desbordaba nuestros ojos. Con Lien nos miramos y ambas
nos encontramos sonrisas en el rostro. Buscamos la mirada cómplice de nuestra
profesora y al observarla nos dimos cuenta de que ella también estaba
emocionada.
Esta experiencia fue muy significativa para ambas. La
habíamos planificado juntas, le destinamos tiempo, la probamos en nuestras
casas y pensamos cómo podíamos enriquecerla para que fuera única. No sólo
cumplió nuestras expectativas, sino que las superó. Lo que iba a ser una clase
expositiva, fue un encuentro sumamente satisfactorio. Esa clase fue un antes y
un después. El contexto se prestó para que todo fluyera, nuestra profesora nos
dio el lugar para desplegar nuestras alas y nos brindó la posibilidad de volar.
Nos sentimos sumamente cómodas con nuestras compañeras, quienes se mostraron
predispuestas a participar y a poner el cuerpo en acción; y nosotras nos
brindamos por completo, nos mostramos vulnerables, estábamos nerviosas, con
miedos, pero todas esas emociones pasaron a segundo plano al empezar la
actividad.
A partir de ese entonces comprendí la importancia de
planificar, de poner el cuerpo, de brindarse y de invitar a las personas que
formen parte del encuentro a participar. Que uno puede ser protagonista desde
la escucha, a veces se puede tener participaciones activas sin necesidad que
tomar la palabra, y cuando una disfruta de la experiencia, esa emoción se
transmite.
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